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Docencia on line

Ser docente en línea es como ser un community manager, sólo que con fines formativos. La docencia en línea es una experiencia que pasa muchas veces por la organización de contenidos, el diseño de entornos virtuales, la construcción y dinamización de comunidades educativas. Ser docente en línea es estar ahí, virtualmente. Y para que esa presencia virtual sea efectiva y eficiente, para dejar huella, la experiencia me dice que no debemos perder de vista algunos detalles:

  1. Internet no sólo es una interconexión de computadoras, los usuarios somos personas y somos parte de la red.
  2. Somos Pro-sumidores.
  3. No te conformes con reciclar contenidos: crea.
  4. Mereces lo que vales (y es posible mostrarlo en la red).
  5. En la red, los usuarios eligen.
  6. Cada quien decide si quiere tener amigos, contactos, fans, clientes, simples conocidos. Estudiares o colaboradores.
  7. Encuentra tu voz.
  8. Define tu estilo.
  9. Los usuarios somos los responsables de la calidad de los contenidos.
  10. Seguramente conoces algún caso de éxito en la red.
  11. Aprende de los grandes.
  12. Si observas bien, descubrirás el truco.
  13. Genera tu propio ecosistema.
  14. A todos nos gusta sentirnos bien.
  15. El humor siempre es útil.
  16. Descubre tu talento, cultiva la pasión.
  17. Busca a tus pares.
  18. Date a conocer.
  19. Ten paciencia, Roma no se hizo en un día.
  20. Cuida las relaciones con los otros usuarios.
  21. Reconoce, gratifica, recomienda.
  22. Tener una comunidad implica reconocerse como líder social.
  23. Autoevalúa tu perfil. ¿Eres del tipo qué bonita familia? ¿Político? ¿Cotilla? ¿Saturador? ¿Dramático? ¿Divino? ¿Divagante? ¿Revelador apasionado? ¿Sargástico? ¿Equilibrado?
  24. Construye tu narrativa.
  25. Evita aquello que no te gusta.

Un amor a primera vista

El cuento nos envuelve. Desde niños aprendimos a ver la vida como una narración caleidoscópica en la que se han incrustado infinidad de historias imborrables y personajes entrañables. Caperucita Roja y los tres cochinitos comparten algún sitio de nuestra memoria con las respuestas a muchos ¿por qué? de la infancia; los Reyes Magos o el conejo de Pascua vuelven de cuando en cuando, con otras formas, en diversas circunstancias; la ciudad mítica que habitaron los abuelos parece imposible y sirve de contraste para nuestros sueños; las anécdotas escolares, el intercambio de ideas con los amigos, las aventuras vividas se entrelazan de algún modo con lo que somos y cuanto deseamos realizar… Parece existir una vocación universal a llevar cuentas, a salvar los recuerdos más significativos, a interpretar el mundo y darle forma con las palabras. Vivir para contar –o contando– es una forma posible de habitar el planeta. Y en esta posibilidad está la fuente del cuento como experiencia literaria. Relato con pretensión estética. El cuento no se puede definir en sentido estricto porque brota de la sospecha que hay algo que decir. Algo enigmático. Algo que requiere un vehículo eficaz de expresión. Algo lleno de significados. Algo que revela bellamente la grandeza y la miseria de ser humano. Algo que maravilla y desconcierta. En ese sentido, como dijera el escritor argentino Mempo Giardinelli en su libro Así se cuenta un cuento, publicado en México por Editorial Planeta:

Es la indefinición eterna lo que constituye el sabor precioso y sostenido del cuento. Su razón de ser, el gusto, el placer que continúa brindando y su inmoralidad, pueden comentarse, pero no explicarse ni mucho menos definirse. El hombre y la mujer, su historia misma, son un cuento a contar: que se viene contando desde hace milenios; que se cuenta cada día; que no se termina jamás de contar. Un verdadero y exacto cuento de no acabar. Un movimiento perpetuo (Giardinelli, 1998: 29).

Sin embargo, y pese a ser indefinible, el cuento tiene una serie de características que nos permiten reconocerlo, como la transformación de la situación inicial en otra mediante una serie de acciones que son propuestas para un tiempo de lectura relativamente breve. Se puede hablar incluso de una morfología del cuento. Generalmente se concentra en un asunto. Sin embargo, no se sujeta a reglas ya que se supone la astucia tanto en el que escribe como en el que lee. Requiere, desde luego, un pacto de imaginación. Debe ser intenso, contundente. Con unos cuantos personajes. En su presentación importa la forma tanto como el contenido. El final es al mismo tiempo inesperado y coherente con el principio. Y aunque el cuento es necesariamente ficticio contribuye a la comprensión de la vida.

 Con todo, tal vez sean la lectura y la escritura de cuentos, así como las imágenes, las que mejor nos ayuden a entender este género literario. Cuenta el autor de Qué solos se quedan los muertos (Giardinelli, 1998) que le preguntó a Elsa Bornemann qué es un cuento, y la autora de Un elefante ocupa mucho espacio respondió: “El cuento es una ola, un intenso día de vida; un amor a primera vista…”

Este texto fue publicado originalmente el 16 de julio de 2011 en el blog de Expresiones, boletín de la Prepa Ibero Puebla.

Entre ilusiones y reticencias

Está claro que la intrusión de la tecnología provoca transformaciones tanto en las actividades personales como en la organización social, lo cual no significa necesariamente una mejoría. El actual deterioro ecológico, por ejemplo, tiene una correlación ineludible con la aplicación de diversas tecnologías que, al mismo tiempo y paradójicamente, han posibilitado mejores expectativas de vida. En el mismo tenor, la virtualización de los procesos educativos genera grandes expectativas: parece obvia la transformación de roles ante situaciones nuevas, aunque no están claras las consecuencias. De ahí la importancia de revisar las características del docente-en-tránsito y el establecimiento de algunos principios orientadores, ya que –como afirman Elena Barberà y Antoni Badia en su libro Educar con aulas virtuales (Madrid: A. Machado Libros, 2004)

“El profesor virtual” –nos referiremos a él en adelante como el profesional que en sus clases utiliza tecnologías de la comunicación y de la información- se modela con el tiempo y con la diversidad de ejercicio y práctica. (18)

Desde luego, es útil el contraste entre “el paradigma tradicional” y “la nueva pedagogía” para entender el tránsito en que nos encontramos, o dicho de otra manera, el cambio “en las concepciones acerca del proceso de enseñanza aprendizaje” como sugiere la UNESCO en alguno de sus documentos al oponer la educación de principios del siglo XX, representada por la idea de que “aprender es difícil”, “el aprendizaje es un proceso de transferencia y recepción e información” además de ser “un proceso individual/solitario”, entre otra características, a las resientes aportaciones teóricas, según las cuales:

El aprendizaje es un proceso natural, el aprendizaje es un proceso social. El aprendizaje es un proceso activo, no pasivo. El aprendizaje puede ser tanto lineal como no lineal, el aprendizaje es integrado y contextualizado. El aprendizaje está basado en un modelo que se fortalece en contacto con las habilidades, intereses y cultura del estudiante. El aprendizaje se evalúa según los productos del proceso, la forma en que se completan las tareas y la resolución e problemas reales, tanto por parte de cada estudiante como del grupo. (7)

El contraste es útil. Sí. Argumentar por oposición es un procedimiento valioso, por ejemplo si se compara el Entorno de Aprendizaje Centrador en el Docente con el Entorno de Aprendizaje Centrado en el Alumno; la educación del siglo XX con los procesos de enseñanza-aprendizaje en el siglo XXI. Pero no hay que olvidar que la frontera entre el antes y el después no es tajante. El asunto no es tan simple como decir que hasta el 11 de marzo de 2011 el docente fue “transmisor de conocimientos” y a partir de mañana, 12 de marzo, será “un facilitador y orientador del conocimiento”. La presencia de las TIC en ambientes de aprendizaje puede ir desde la simple presencia de una laptop en el escritorio hasta procesos predominantemente digitalizados. Lo interesante es aprovechar los recursos y dispositivos tecnológicos para integrarlos. Posibilitar encuentros afortunados con nuevos conceptos. Confrontarse con las circunstancias históricas personales. Abrir el abanico de opciones para negociar significados y representar conocimientos. Dar pie a la interacción y la colaboración. Diseñar métodos para afrontar dificultades. Insistir en que el aprendizaje es un proceso activo. Permitir las prácticas educativas auténticas -que deben ser, según Frida Díaz Barriga Arceo, 2003, coherentes, significativas y positivas(3). Esto, desde luego, despierta muchas ilusiones. Un gran entusiasmo. ¿Y cómo no, si aquí está la pauta para el diseño de estrategias de enseñanza creativas y flexibles? ¿Cómo no animarse a probar el aprendizaje centrado en solución de problemas, análisis de caso, gestión de proyectos y aprendizajes in situ? Pero desafortunada o afortunadamente, no se trata de una decisión personal. El tránsito del docente hacia modelos innovadores que den respuesta al momento actual pasa por un acto de voluntad pero ha de realizarse en un marco institucional, no siempre bien dispuesto.

Frente a la resistencia, hay que apelar a eso que llamamos realidad.

Frente a la inmovilidad, hay que fundamentar teóricamente los argumentos y esgrimir documentos oficiales que apuestan por la adecuación a la época que nos tocó vivir.

Frente a lo probado y re-probado (vale la anfibología), hay que correr el riesgo (sin arrebatos imprudentes).

No puedo negarlo, cuando leí La educación en transición tomado de “Las tecnologías de la información y la comunicación en la enseñanza, UNESCO, 2005 me sentí profundamente identificado:

el docente suele sentirse atrapado entre dos polos opuestos: por un lado la institución, que intenta convertir al docente en un técnico, y por el otro, el sentido de individualidad de todo ser humano, que se resiste y se resiste a ello, a pesar de que la mayoría de las veces se ha incorporado el concepto institucional de la enseñanza. (20)

En eso estoy. Me gusta pensar que “El modelo tradicional debe reemplazarse por un entorno rico, estimulante, comprensivo y cálido” (29); pero tengo por cierto que todo acto educativo es un acto humano interesado. La educación es desarrollo personal, pero también es un acontecimiento político (donde la heterarquía no siempre es bienvenida) y es, también, una mercancía. En este marco: le apuesto al humanismo.

En fin, regreso al tono neutro para terminar: el docente de hoy debe ser ingenioso y evidenciar en todo momento competencias disciplinares, didácticas y tecnológicas. Debe planificar, participar, interactuar, evaluar, investigar, colaborar con los colegas. Debe buscar alternativas y, en muchos casos, combinar la paciencia con la sagacidad.

El acontecer de lo improbable

Hace ya un buen rato que Edgar Morin viene recordando que el “desarrollo” nos ha colocado en una situación límite: como especie nunca habíamos estado más cerca del autoexterminio. Esta idea reaparece en el libro ¿Hacia el abismo? Globalización en el siglo XXI (Barcelona: Paidós, 2010), en el cual se hace notar que los avances de la tecnociencia ligados a la economía aportan “algunos progresos puntuales y posibilidades de progreso futuro, pero también contribuye[n] a la creación y al incremento de peligros fatales para la humanidad”. Si es cierto que “nos dirigimos hacia la catástrofe”, vale la pena poner atención a los diez capítulos de este libro, escritos a lo largo de la primera década del siglo XXI, ya que, si la crisis planetaria es innegable, “trae consigo una última oportunidad”. ¿De qué depende que ocurra lo improbable? De un cambio de vía.

Que la Modernidad está en crisis no es novedad. Entenderlo, sin embargo, no es ocioso. La modernidad implantó la noción de que “lo moderno, en tanto que productor y producto de la novedad, es lo mejor que hay”. Esta visión del mundo coincide y se refuerza con el crecimiento económico y el surgimiento de los Estados-Nación, el protagonismo del Sujeto y de la Ciencia –reduccionista y fragmentadora- como garante de la verdad. Es en este contexto donde se afirman los “tres grandes mitos” modernos, a saber: “el mito del dominio del universo”, “el mito del progreso, de la necesidad histórica” y “el mito de la felicidad” . Mitos que no se pueden sostener ya. Y no es que el francés deseche la modernidad per se, al contrario: “la modernidad produce monstruos y maravillas”, admite y agrega: “toda la cuestión consiste en saber si los monstruos destruirán a las maravillas o si las maravillas subyugarán a los monstruos”.

Estamos aquí porque nos ilustramos. Asumimos que el hombre, en virtud de la razón, debía ejercer el control del mundo: conocerlo y dominarlo. Los medios privilegiados para realizar el proyecto fueron la ciencia y la educación. Ahora, sin embargo, “el progreso como certeza ha muerto”. Ahora, “Necesitamos concebir una realidad compleja, hecha de un cóctel siempre cambiante de orden, desorden y organización”. Ahora, conviene entender que “el ser humano es también sapiens y demens, faber y mithologicus, economicus y ludens, prosaico y poético, natural y sobrenatural”. Sólo a partir de este reconocimiento podremos reorganizarnos, pensar la educación de modo diferente, redimensionar nuestra experiencia de la vida y definir una ética que responda, no a entelequias, sino a nuestras circunstancias. El reto es global, mundial, planetario. No hay que extrañarse cuando Morin se refiere a algunos filósofos: “El mundo agoniza y ellos discuten sobre el sexo de Edipo, debaten sobre el Lebenswelt sin Lebens ni Welt”. Es tiempo, pues, de superar “el pensamiento mutilado y la inteligencia ciega”.

El libro nos traza una ruta para entendernos como miembros de una Sociedad-Mundo, en la que “no debemos continuar, sino empezar de nuevo”. Y para ello, contamos con las semillas de la creatividad, incluida la literatura que “conserva, todavía hoy, el principio de lo artesanal”. Por fortuna, “en materia de arte y pensamiento, la mundialización cultural no es homogeneizante”. Existe un margen para la esperanza, pero: “Tal vez haya que avanzar todavía más hacia el abismo para que se produzca una verdadera huída hacia la salvación”. ¿Qué nos queda entonces? Según Morán: “vivir plenamente los éxtasis de la historia, que nos consuelan de tantos años de mediocridad”.

 

Texto publicado originalmente en La quinta columna el 13 de septiembre de 2010. Disponible en http://www.quintacolumna.com.mx/columnas/Serendipiayobviedades/2010/septiembre/colum-serendipiayobviedades-130910.php