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Manifiesto personal

Después de diez años de coordinar un taller de redacción, manifiesto que:

A redactar no se aprende viendo los juegos de la Selección Mexicana.

La redacción es un proceso que se comprende mejor cuando se escribe.

La escritura es un privilegio: el alfabeto no es para todo el mundo.

La palabra es poder.

Nadie escribe por escribir. Quien escribe desea: alberga una intención: exige.

Ningún escritor es inocente. Tampoco, culpable.

El lenguaje es de por sí equívoco.

La lengua es instrumental.

No hay texto perfecto desde su primera versión.

La gramática es caprichosa.

Si fuera posible la escritura perfecta no habría dos relatos de la creación en el Génesis.

No conozco a alguien que escriba textos dignos de ser leídos que a su vez no sea un ávido lector.

Todo texto puede ser usado como pretexto.

Es sospechoso quien convierte la descripción de un fenómeno lingüístico en norma.

Lo normal antecede a la violencia.

Quien se diga voraz lector y no escriba, no merece ser llamado lector.

Lectura-escritura-revisión son caras de una moneda tridimensional.

Un escritor inteligente tiene por lo menos un lector-crítico de confianza.

Los disparates y las incorrecciones de antaño, hoy, son patrimonio lingüístico.

La revisión de un mismo texto tiende al infinito.

El desarrollo de las habilidades cognitivo-lingüísticas requiere ejercicio.

Las palabras no son ni buenas ni malas.

Bien y mal son categorías morales. Los buenos se van al cielo, a los malos se los lleva el chamuco.

Quien escribe desafía a la muerte.

Escribir es un acto de soberbia.

La vocación de escritor tiene un toque perverso y un eco de egolatría.

Las palabras cumplen su objetivo o fracasan.

Quien coloca el punto final de un texto, siempre, es el lector.

A redactar no se enseña.  A escribir se aprende escribiendo.

Por eso, queda estrictamente prohibido en mi taller presentarse sin un texto y decir que algo está mal.