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Usemos las emociones

Todo parece indicar que, en el proceso evolutivo, la expansión del cerebro humano fue determinante para la adaptación y la vida en comunidad. Conocimiento y vida social son dimensiones humanas estrecha e inevitablemente entrelazadas, mediadas por el afecto, el reconocimiento mutuo y la solidaridad. Somos una especie marcada por los intercambios cooperativos orientados a la resolución de problemas. Somos lo que somos porque en algún momento fuimos capaces de vernos como grupo, capaces de aceptar las emociones propias y ajenas, capaces de desarrollar sistemas de signos y símbolos.

Somos sociedad porque compartimos necesidades que nos vinculan tanto biológica, como cognitiva y afectivamente. Nos une el entorno, pero también la satisfacción de necesidades psicológicas básicas, a saber: la necesidad de autonomía, la necesidad de competencia y la necesidad de vinculación. Nos mueve el placer intrínseco del logro y la creación de lazos emocionales. Existimos con y para los otros. Conocemos, por tanto, relacional e intersubjetivamente, y de ahí nuestros apegos, nuestras resistencias.

Somos, pues, una especie que se emociona y esta condición permea en su totalidad la condición humana. Nada de lo que somos o hacemos escapa de esta energía en ocasiones virtuosa, a veces destructiva. No es extraño entonces que se hable del sentimiento pensante o del pensamiento sensible y en este sentido hay que entender los cinco principios de la llamada lógica afectiva:

1) No existe el pensamiento exento de afecto ni en la ciencia, ni en la lógica formal, ni siguiera en las matemáticas. 2) El afecto guía y los organiza tanto el pensamiento como el comportamiento. 3) Los sentimientos, pensamientos y comportamientos vividos simultáneamente, en una situación determinada, tienden a fijarse en la memoria en forma de unidades funcionales, al modo del cronotopo literario (donde tiempo y espacio se funden). 4) Las emociones individuales y colectivas se comunican. Y, 5) el afecto detona la evolución psíquica y social.

Todas estas ideas han sido explotadas hábilmente por empresas de vanguardia en las que el manejo de las emociones y los incentivos no económicos se han traducido en una mayor productividad, superior por mucho a la alcanzada por negocitos sobrerregulados y propensos a los descuentos y otras sanciones de carácter administrativo. Desde luego, la gente hace más y mejores cosas cuando se siente bien, cuando está a gusto, cuando está contenta. Y ni se diga en el branding, el marketting y la publicidad: el consumo emociona… No así en las escuelas donde todo ocurre como si esta dimensión no interviniera en el aprendizaje.

Hablamos cada vez más de inteligencia emocional, reconocemos la necesidad de las habilidades sociales, sabemos que lo sapiens no quita lo primate y, sin embargo, salvo honrosas excepciones, ni las formamos ni educamos desde las emociones. Las escuelas se han vuelto frías y racionales. Los planes de estudio son abstractos (contextualizarlos es tarea de los profes). Por un lado van los objetivos educativos, por otro los estados de ánimo de los estudiantes. Por un lado se establece controles, por otro los chicos traen un carnaval en el cuerpo. Las políticas de convivencia tienden a la atomización. En nombre del respeto se produce muchas veces el aislamiento incrementando las tensiones. En el mejor de lo casos –no sin miedo- la información fluye, en el peor escenario, se ignora. Hablar de afectividad en la escuela sigue siendo un tabú, un tema reservado para los psicólogos. Preferimos callar, pero ahí están las emociones.