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Notas para una autobiografía docente

Siempre me gustó aprender y supongo que enseñar ha sido una consecuencia, porque el conocimiento ha de compartirse para que valga la pena el tiempo invertido en su construcción. Cierto es que aprendemos individualmente, pero también aprendemos como organización, como colectivo, como especie.
Cuando estudiaba la licenciatura en Lingüística y literatura hispánica, mi profesor de didáctica me preguntó si no había pensado en ser profesor. Mi respuesta fue la siguiente:
-Cuando era estudiante de primaria pensé que podía ser profesor de primaria, pero al llegar a la secundaria descubrí que no, que quizá podría ser docente de secundaria, la idea se diluyó cuando ingresé a la preparatoria. Años después lo confirmé: no estoy hecho para dar clases en secundaria… ni en colegios de monjas.
La línea argumentativa era la misma para los siguientes niveles. De ese modo concluí en esa ocasión que, dado el caso, preferiría la investigación a la docencia. Tengo sed se saber.
Meses después de la charla con mi profesor y a punto de concluir el servicio social sucedió que una profesora tuvo una licencia por maternidad y como no iban a contratar a otra persona para cubrirla un par de semanas, me encontré frente a un grupo cerrando el semestre…
Por supuesto que el coordinador académico de la asignatura se aseguró previamente -mediante una jornada de ocho horas de exámenes exhaustivos- de que yo dominaba los contenidos de la materia y tenía algunas habilidades comunicativas necesarias para sobrevivir en el laboratorio. Antes de autorizar la suplencia con la que concluiría mi servicio social, me dio un consejo: “Nunca trates de engañar a un estudiante”. Lo agradecí y desde entonces ha sido uno de mis principios.
Al concluir el curso y puesto que comenzaría los trámites de titulación, el coordinador me invitó a incorporarme a la academia. En ese momento recordé a mi profesor de didáctica, quien en una clase nos dijo que si por casualidad nos invitaban a impartir una asignatura que no correspondiera a nuestro perfil profesional evaluáramos nuestras capacidades y en caso de aceptar fuéramos profesionales, preparando cada sesión de la mejor manera. Acepté y aquí sigo.
En cada asignatura que he impartido desde entonces, sin detrimento de la responsabilidad que la compleja figura del docente implica, me he asumido como un aprendiz. Nunca me he sentido catedrático, sí diseñador de escenarios, sí acompañante, sí animador dentro de una comunidad de práctica y aprendizaje. Quizá también un poquito provocador. Lo más difícil ha sido, por un lado, no ser el rockstar de la clase y convencer a los estudiantes de que son los protagonistas del proceso formativo.