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Que los estudiantes decidan qué quieren aprender

A finales de setiembre de 2015 publiqué el siguiente texto en 24 horas, un diario digital. La columna apareció y desapareció.

Por casualidad, diría yo, acabo de leer un artículo de Maribel Córmak, publicado hace unos diez años, en el que se afirma que los niños menores de 6 años son capaces de construir su propio conocimiento y, más aún, con ayuda del docente, pueden seleccionar los temas que serán revisados en clase. La aseveración me remite de inmediato a la idea del currículum abierto y flexible, y la técnica del espacio abierto, aunque desde luego no es exactamente lo mismo.

La investigación referida tiene como premisas que a) en los currículos de alta calidad el niño es el protagonista, b) el aprendizaje se produce por la manipulación del ambiente y c) el niño aprende como entidad biopsicosocial. Luego se establece un protocolo para encausar los intereses infantiles valiéndose de la lluvia de ideas, la votación pública o privada y el planteamiento de preguntas por parte del docente. Finalmente, se presenta un elenco de estrategias que involucran al aprendiz (formulación de hipótesis, interrogación y producción de textos, y solución de problemas) y al mediador (planteo de situaciones problemáticas, la búsqueda del aprendizaje significativo, la indagación de saberes previos, el uso de guías de observación y otros recursos que garanticen la información y la evaluación).

Fabulosa, la propuesta es interesante -en el sentido etimológico de inter (entre) y esse (ser)- porque interrelaciona seres. Promueve desde temprana edad interacciones que devienen consenso entre aprendiz y facilitador, sin perder de vista la centralidad del estudiante. Y esto, sin duda, es fundamental para la construcción y dinamización de comunidades de aprendizaje (concretas o virtuales). Estoy de acuerdo, que el estudiante sea protagonista de su formación desde edad temprana es deseable pero, ¿el caso reportado es universalizable?

Pido perdón por permitirme aquí una digresión que rompe con la secuencia de ideas pero, hace unos días, en una charla informal, Antonio Rial Sánchez comentaba que los modelos educativos actuales “han hecho a los niños más niños”. Y así parece. Va la anécdota: en pleno siglo XXI una ofendida madre de familia reclama e insulta a una profesora  –a grito pelado- porque la calificación de su hijo le parece injusta. El hijo en cuestión tiene (en ese momento) 20 años y es estudiante de licenciatura en una universidad de provincia.

Retomo el argumento. Llevamos años hablando de que la educación debe estar centrada en el estudiante, en su aprendizaje. Está claro, además, que desde pequeños pueden tomar decisiones formativas que les afectan. Y precisamente por eso es lamentable que a los seres humanos no se les deje crecer, asumir el protagonismo de su formación, elegir contenidos, proponer tareas, correr riesgos y asumir responsabilidades. Algo estamos dejando de hacer como sociedad (ciudadanos de a pie y gobierno) que ha instalado a los estudiantes en la comodidad, el conformismo y la búsqueda de la mayor calificación con el menor esfuerzo.

Pensemos por un momento que la indiferencia deriva en un hipotético sistema educativo donde todos los alumnos pasan de grado por ley, quieran o no quieran, trabajen o no trabajen, sepan o no sepan… imaginemos en ese mismo escenario hipotético que los supervisores sólo se preocupan por el temario y que no haya reprobados… supongamos que lo único importante en la educación (como en la economía) son los macroindicadores… No sería extraño que en ese mundo catastrófico (que Dios quiera nunca suceda) se pregone abiertamente que hay que titular a todos porque de la eficiencia terminal depende el presupuesto… o se haga hasta lo imposible para que los incidentes violentos que ocurren en a diario la escuela no salgan en la prensa.

Sacar a la infancia y la juventud de la zona de confort en la que se encuentran, muchas veces ligada al ocio y la apatía, es un reto que no corresponde sólo a los docentes. Todavía es posible hacer algo y como sociedad nos conviene entenderlo pronto.