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Serpientes y escaleras

Y sucede que de pronto uno se encuentra jugando Serpientes y escaleras a mitad del aula con otros compañeros-profesores durante un reunión de capacitación previa al inicio de un diplomado. Las ideas son caprichosas, van y vienen de un lado para otro, suben y bajan como fichas de colores en el tablero que tenemos en frente o como las gatas en celo por los tejados a mitad de la noche (no hay forma de exigirles que hagan lo que en lo más íntimo del corazón uno quiere). ¡Que la inteligencia del lector salve este texto!… Habiendo tanta teoría, necesitando comprender los propósitos y las estrategias para lograrlos durante el tiempo que durará el diplomado, pudiendo discutir políticas de calidad y otros aspectos neurálgicos -me digo en silencio, ya se sabe que lo mejor es dejar los juicios reboten un rato dentro del cráneo, en lo que maduran-, habiendo tanto que analizar para sintetizarlo luego y, sin embargo, alguien agita los dados y tira… ¿No sería más productivo ir directo al grano? ¿Entrarle a la estructura del diplomado con un enfoque estratégico?, insisto. ¡Seis!, marca el dado. Y ahí va la ficha… uno (alargando la pronunciación hasta donde se puede), dos, tres, cuatro, cinco y seis. Sí, como si fuéramos chamacos. ¿No sería más práctico sumarle seis al número en el que estaba la ficha?, digamos por decir algo: 3 + 6 = 9. Ok. La ficha llegó hasta donde el dado dio. Pero este juego está modificado, no es el mismo que jugaba con mis primos en casa de mi abuela y cuya descripción detallada con todo y fotografías se encuentra en Wikipedia. O sea que se parece a las serpientes y escaleras pero no es lo mismo: quizá debiera llamarse al juego de otro modo. Dependiendo del color de la casilla uno debe tomar una tarjeta que contienen máximas para ascender, conductas que hacen caer, experiencias para compartir y frases célebres sobre la educación. Olvidaba decirlo, el diplomado versa sobre competencias docentes.

Después de jugar, nos indican que debemos redactar un ensayo sobre cómo podemos incorporar esta actividad en nuestra práctica docente. Se me ocurre de inmediato incluirla en la tercera unidad, “El hombre como ser cultural”, de la asignatura de Filosofía, correspondiente al sexto semestre del plan de estudios del bachillerato general, y específicamente para abordar el tema de “El hombre como ser político”. Claro, habrá que adecuar aún más el material, empezando por el nombre. Se llamará –y esto no es negociable- Grillas y amarres. Así, cuando el participante tire los dados y caiga en una casilla marcada con una puerta de la que cuelga un cartel que dice “Dirección” o algo parecido, el jugador subirá rápidamente por una cuerda que representa los amarres, en cambio, si le toca “grilla” perderá todo lo logrado en un instante. Los que ni fu ni fa, avanzarán lentamente, punto por punto, casilla por casilla… Asimismo habrá una serie de tarjetas correspondientes a los colores de las casillas: las tarjetas del color de los amarres tendrán frases de La Política de Aristóteles, mientras que las de la grilla serán de Maquiavelo. Otro color será el de los ideales con frases de La República de Platón, un color más para las amargas experiencias donde los estudiantes deberán compartir un caso de abuso de autoridad y, por supuesto, no pueden faltar las preguntas abiertas del tipo ¿qué necesita una secretaria para mejorar de puesto? El juego lo ganará invariablemente aquel o aquella a quien designe el profe. Desde luego, la actividad formativa no estaría completa sin un ejercicio de metacognición, por lo que los estudiantes deberán hacer un ensayo y subirlo a la plataforma.

Como se ha visto (y no hace falta decir que ésta es la conclusión), los aprendizajes significativos (que tienen significados en un determinado contexto) puedes ser resultado de actividades lúdicas. Es importante reconocer que los estímulos pueden provocar asociaciones diversas (cosa que unos amigos argentinos llaman hiperaprendizaje por analogía del hipertexto). El rol del facilitador es importante y la precisión fundamental ya que si no se advierte que el ensayo debe ser académico, el participante pude intentar un ensayo literario o un divertimento como este. De más está decir que un ensayo no es cualquier cosa, pues como dijera Liliana Weinberg: “es más fácil escribir una tesis que un ensayo” (una tesis la escribe un investigador; el ensayo, un experto). Y por otro lado, Gabriel Zaid sostiene que el ensayo más breve es aforismo, así que ahí va mi ensayo: “hay que jugar como los niños: en serio”.