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No es lo mismo un vampiro de Las Lomas que uno de la Roma

Cuando vi en la librería Vlad, la reciente novela de Carlos Fuentes (México: Alfaguara, 2010), pensé que al tocayo le había afectado cruzar la línea de los ochenta años. El tema era obvio desde la portada, en la que se ve al ángel de la independencia en penumbras, rodeado por cuatro vampiros en vuelo circular durante una noche de luna, y el título en letras rojas (sangrante). La cuarta de forros confirma la inferencia: “Hay un vampiro en la ciudad de México. / Necesita tu sangre. / Quiere tu vida. / Desea a la persona que amas. / Y no te quitará sólo eso.” ¿Se trataba de un divertimento, un descuido senil o una estratagema comercial dirigida a un sector ya seducido por Anne Rice? Como fuera y aunque suene a tautología: Fuentes es Fuentes. La compré y la leí en una tarde. Confieso que me pareció interesante desde el epígrafe, tomado de una canción infantil mexicana: “Duérmase mi niña, / que ahí viene el coyote; /a cogerla viene / con un gran garrote…”. De inmediato el lector sabe cuál es el meollo de este texto breve (111 páginas que incluyen ilustraciones de José Ignacio Galván), con la salvedad de que trata de un vampiro y no de un coyote.

En la novela, Yves Navarro, quien trabaja en el bufete de Eloy Zurinaga, un abogado que “durante sesenta años supo deslizarse de un periodo presidencial a otro, quedando siempre ‘bien parado’”, recibe la encomienda de conseguir una casa para un amigo del jefe, quien se muda a México desde Europa. Yves, de cuarenta años, está casado con Asunción, diez años menor; ella tiene una agencia de bienes raíces y comparten la responsabilidad de una hija, Magdalena, una niña de 10 años. Gozan de estabilidad aunque no llevan una vida normal, “porque no puede serlo la de un matrimonio que ha perdido a un hijo. Didier, nuestro muchachito de doce años, murió hace ya cuatro en un momento de fatalidad irreparable”. Al igual que el hijo de Carlos Fuentes, el de sus personajes murió ahogado: “No lo volvimos a ver. El mar no lo devolvió nunca”. (26)

La residencia que consiguen para el amigo de Zurinaga está en Las Lomas y cumple sus condiciones: “una casa aislada, con espacio circundante, fácil de defender contra intrusos y […] con una barranca detrás” (29). Hacen las adecuaciones, incluyendo un túnel y la clausura de las ventanas pues el Conde Vladimir Radu, “Vlad, para los amigos”, padece fotofobia. Ahí se instalan Vlad con su hija, también de diez años, y Borgo, un criado jorobado. Ahí lo visita reiteradamente Yves, quien debe asegurarse de que el recién llegado al DF, una ciudad con “¡veinte millones de sabrosas morongas!”, se encuentra cómodo. Ahí, lo primero que se advierte es el frecuente cambio de apariencia en europeo. Estos encuentros permiten a Vlad discurrir sobre diversos temas como las variadas costumbres del hambre: “Imagínese lo que los franceses piensan de los mexicanos comiendo hormigas y saltamontes y gusanos” –dice el Conde a Navarro- “Pero ellos mismos, los franceses, ¿no consumen alegremente ranas y caracoles? Muéstreme un inglés que pueda saborear el mole poblano: su estómago siente náuseas de tan sólo imaginar esa mezcla de chile, pollo y chocolate…” (60). En otra ocasión, el criado hace pasar a Ives hasta la habitación principal. Trascribo el encuentro:

“Vlad emergió de la ducha, abrió la puerta y se mostró desnudo ante mi mirada azorada.
Había abandonado  peluca y bigotes.

Su cuerpo era blanco como el yeso.

No tenía un solo pelo en ninguna parte, ni en la cabeza, ni en el mentón, ni en el pecho, ni en las axilas, ni en el pubis, ni en las piernas.

Era completamente liso, como un huevo. (53)

El vampiro, explica Mario Perniola en su libro El sex appeal de lo inorgánico (Madrid, Trama Editorial, 1998) “es un ser a mitad de camino entre la vida y la muerte”, es un “estado de no vida ni muerte” y en ello reside su poder de fascinación: es “la experiencia neutra e impersonal de la cosa que siente” (101).  El vampirismo es también, dirá más adelante, “una especie de necrofilia en negativo” de modo que “en la sangre que el vampiro chupa a sus víctimas se observa una representación simbólica de la vida de la que estarían ávidos los muertos”. Y frente al mito del vampiro, vigente pero aligerado, incitante pero caricaturizado, Fuentes rescata algunos elementos originales como la condición aristocrática, la voluntad política y la crueldad. “En el año del Señor 1448 ascendió al trono de Valaquia Vlad Tepes…”, comienza la biografía que incluye un “Pero Vlad sólo estaba aliado con Vlad y con el poder de la crueldad” (83). “Vlad gustaba de cortar narices, orejas, órganos sexuales, brazos y piernas. Quemar, hervir, asar, desollar, crucificar, enterrar vivos… Mojaba su pan en la sangre de sus víctimas” (84) Y, por supuesto, “Este era el ferviente deseo de Vlad el Empalador. Traducir su cruel poder político en cruel poder mágico: reinar no sólo sobre el tiempo, sino sobre la eternidad”. (85)

Sin embargo, hay otro elemento fundamental en el vampirismo y es precisamente su carácter sexual. El estatuto ontológico del vampiro permite –según Perniola- una lectura estética neutra en la que se reconoce “toda la sexualidad llamada perversa, es decir, desviada con respecto a la elevación suprasensible y a la ebriedad vitalista: sadismo, masoquismo, fetichismo y necrofilia forman un cuadro impresionante que hasta ahora la filosofía ha preferido por lo común no encarar directamente”. (103) En ese sentido, no es extraño el siguiente diálogo entre Ives y su esposa en la residencia de Vlad, cuando ella decide quedarse:

-Asunción, vas al horror, vas a vivir en el horror, no entiendo, vas a ser horriblemente desdichada.

Me miró como si me dijera “ya lo sé” pero su boca primero pronunció otras palabras.

-Sí, quiero a un hombre que me haga daño. Y tú eres demasiado bueno. 
Hizo una pausa atroz.

-Tu fidelidad es una plaga. (104)

No le cuento el final, querida lectora, querido lector, pero no está de más advertir que el interés de Vlad no se dirige ni a Asunción ni a Yves. Y conociendo a Fuentes, habrá que preguntarse si el vampiro de Las Lomas es un regreso a la literatura fantástica o tiene un referente real.

La reseña fue publicada originalmente en la columna Serendipia y obviedades de La Quinta columna.

De Humor e ironía

El humor, la ironía y el sarcasmo nacieron ligados al ingenio. Son, hasta donde podemos hallar testimonios escritos, un ejercicio propio de la inteligencia humana, un destello de la búsqueda racional que nos distingue de otras especies (e incluso de los congéneres), una forma superior de contemplar y referirse a eso que llamamos realidad. Acaso por ello, si algo extrañamos los lectores de Carlos Monsiváis y Germán Dehesa, además de sus ideas tan discutibles como amenas, es la forma de enunciar y denunciar las cosas. Desafortunadamente, éste es un privilegio de pocos.

En un libro curioso titulado Heterodoxos mexicanos de Rubén Gallo e Ignacio Padilla (México: FCE, 2006) se presentan y discuten algunos textos emblemáticos de nuestra literatura. Uno de ellos es la “Radioconferencia sobre el radio” de Salvador Novo, poeta, cronista, funcionario público, dramaturgo, periodista autor de célebres epigramas, editor, pero sobre todo: maestro de la ironía… Tal vez por ello, ha pasado a la historia como un ser “irritable y malvado, brillante y temible”. Apunta gallo que para algunos, Novo es “ese poeta ocurrente, sarcástico, vulgar” y para otros “aquel intelectual malévolo, calvo y panzón que en los años setenta aparecía en la televisión y se burlaba de todo” (60). Y en esa línea del humor cargado de “acidez” coloca Padilla a Ibargüengoitia, Monsiváis y Sheridan. Los mexicanos reímos de todo (o casi todo) pero nos ha faltado ese humor corrosivo que flexibilice estructuras y nos permita reorientarnos, reinventarnos, reinterpretarnos como nación. “El veneno es lo que ha faltado”, dice Padilla, “un veneno brutal, destructor, avasallador, refinado, madreador” (65) y concluye con un diagnóstico desalentador: hay pocos escritores con ese “sentido del humor”. De hecho, la destilación del “veneno en México se hace extraliterariamente, quizá porque hay pocos lectores con el suficiente sentido para apreciar el wit”. (66)

¿Y por qué no abundan los lectores con gusto por el humor y la ironía? Para empezar, porque –alguien ya lo dijo- estamos en un país de analfabetas reales y funcionales (y como apuntó Wittgenstein en la tesis 5.6 de su Tractatus Logico-Philosophicus: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi pensamiento). El mismo Padilla apunta que Cervantes fue descubierto por los ingleses, probablemente porque “a los españoles no les gusta reírse de sí mismos”. ¿Somos heredamos culturales de esa tara? ¿O debemos buscar en las raíces prehispánicas? ¿O es verdad que pensar no es “un atributo innato”, como sugiere Oscar de la Borbolla en su libro La rebeldía del pensar (México: Nueva Imagen, 2006), y por ende no es prerrogativa de todos? ¿O será que el humor y la ironía son el dedo sobre la yaga del complejo de inferioridad y otras contradicciones no resueltas? Para mí que la estupidez, ante la lucidez ajena, se protege a sí misma haciéndose la ofendida.

Jonathan Pollock, en su libro ¿Qué es el humor? (Buenos Aires: Paidós, 2003) constata que el humor se ha vuelto light. Y emprende, para revaluar el concepto, un recorrido histórico desde Heracles y Demócrito hasta Freud. Así nos enteramos, por ejemplo que Demócrito reía de los hombres insensatos, para ayudarlos a “expiar su maldad”. Conocemos las nueve formas del wit propuestas por Walkington. Recordamos que “Richard Addison, en el Spectator del 10 de abril de 1711, afirma que el Humor es el hijo del Ingenio y la Alegría y el nieto de la Verdad”. (78) Confirmamos que el humor y la ironía conmocionan, se orientan fácilmente a la crítica política, perturban la organización de las ideas y el statu quo, y que pueden producir un placer que “proviene de la economía de un gasto de sentimiento: de piedad, de irritación, de sufrimiento, de enternecimiento, de asco, de horror, el tipo de afecto que determina la variedad de humor”. (104) Pero sobre todo, como dijera Bergson, el humor exige “algo así como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a la inteligencia pura”. (118) Posiblemente éstas sean las razones que explican la resistencia de algunos lectores a los textos irónicos, cargados de humor, ingeniosamente lúdicos. Pero ya digo, se me hace que el estúpido, al sentirse superado intelectualmente por otro, se protege a sí mismo haciéndose el ofendido o se deja llevar por el principio de compensación ostentando lo que ha adquirido a cambio de lo que la naturaleza le negó.

Columna publicada originalmente en La quinta columna el lunes 04 de Octubre de 2010