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Sabia virtud

¿Y después del gasolinazo qué? Pasado el enojo, la molestia, la inconformidad, quienes tienen que transportarse en auto pagarán el costo del combustible. Y ya.

Los políticos y funcionarios públicos tendrán sus vales de gasolina incluidos en el presupuesto. Sin problema.

Los industriales y empresarios transferirán –como indican los manuales- el incremento a los precios de sus productos. Pepe y Toño no pierden…

Jodidos, los empleados, esos sí, porque no tienen privilegios ni a quién transferirle el costo; pero ya se irán acostumbrando.

“Otra vez será así, otra vez así estarán las cosas”, decía un proverbio náhuatl. Y decía bien, porque en el pensamiento mesoamericano prehispánico el tiempo era cíclico: lo que estamos viendo ya sucedió antes y volverá a suceder.

Esta conformidad, más resignada que apática, tiene muchas causas y una de ellas es la concepción que se tiene del tiempo.

Un tiempo recurrente entraña en sí mismo límite y esperanza: lo malo regresa inevitablemente pero lo bueno también se repite.

Lo más sabio, en este horizonte intelectual, es aceptar lo que trae el tiempo. Ser contemporáneo.

De la obsesión de los pueblos mesoamericanos por el flujo y la importancia del tiempo ha hablado ya Alfredo López Austin en su libro Los mitos del tlacuache.

Según él, la importancia del tiempo estaba dada por la interacción social, por un lado, y la transformación del entorno, por otro. Esto, además del desarrollo de la observación astronómica y la escritura permitió a los grupos en el poder construir aparatos de control para imponer su linaje.

Extendiendo el argumento podría decirse que un pueblo es un grupo de personas con una idea de tiempo compartida. Para gobernar al pueblo, entonces, hay que actuar conforme a esa idea. Hacer política del tiempo… y desde luego “respetar los tiempos”.

Dice López Austin, a propósito de la idea mesoamericana del tiempo, que “cada ciclo explicaba así la regularidad de las vueltas de la naturaleza”. Lo natural es que las cosas se repitan.

Más todavía, en esta cosmovisión, el tiempo de los humanos era una consecuencia del tiempo trascendente o divino: los mortales no podían dedicarse al ocio feliz porque debían vivir de acuerdo a las consecuencias del deseo de adoración, la lujuria, la violencia y el desprecio de la norma por parte de los dioses. Y en términos de desenfreno el panteón mesoamericano no era tan diferente del romano o el griego. En todos lados se cuecen habas.

En un mundo secularizado, los dioses son sustituidos por los políticos, cuyos caprichos, intereses y conflictos dan forma al tiempo del resto de los mortales quienes terminan siendo excluidos y afectados por las leyes. Excluidos porque nadie les pregunta si quieren y afectados porque tienen que apechugar.

Claro –pensará el lector, la lectora-, pero estamos hablando de una idea premoderna del tiempo, propia de una mentalidad agrícola. Para un pueblo moderno el tiempo es lineal, sin regreso. Es imposible que la película se repita. “Ya lo pasado, pasado”, dice la canción.

Un pueblo que piensa y vive el tiempo en ciclos no admite el progreso. El cambio sin retorno no cabe en la cabeza de la gente. Innovación y disrupción en este esquema suenan a blasfemia.

Al final, lo cierto es que la idea que tenemos del tiempo es más que una idea. Y vale la pena pensar en ello.

*

Aprovecho la ocasión para desearle al querido lector, a la amable lectora, un feliz año. Que 2017 traiga logros personales, familiares y profesionales.

Texto publicado originalmente en 24 horas Puebla.

Que los estudiantes decidan qué quieren aprender

A finales de setiembre de 2015 publiqué el siguiente texto en 24 horas, un diario digital. La columna apareció y desapareció.

Por casualidad, diría yo, acabo de leer un artículo de Maribel Córmak, publicado hace unos diez años, en el que se afirma que los niños menores de 6 años son capaces de construir su propio conocimiento y, más aún, con ayuda del docente, pueden seleccionar los temas que serán revisados en clase. La aseveración me remite de inmediato a la idea del currículum abierto y flexible, y la técnica del espacio abierto, aunque desde luego no es exactamente lo mismo.

La investigación referida tiene como premisas que a) en los currículos de alta calidad el niño es el protagonista, b) el aprendizaje se produce por la manipulación del ambiente y c) el niño aprende como entidad biopsicosocial. Luego se establece un protocolo para encausar los intereses infantiles valiéndose de la lluvia de ideas, la votación pública o privada y el planteamiento de preguntas por parte del docente. Finalmente, se presenta un elenco de estrategias que involucran al aprendiz (formulación de hipótesis, interrogación y producción de textos, y solución de problemas) y al mediador (planteo de situaciones problemáticas, la búsqueda del aprendizaje significativo, la indagación de saberes previos, el uso de guías de observación y otros recursos que garanticen la información y la evaluación).

Fabulosa, la propuesta es interesante -en el sentido etimológico de inter (entre) y esse (ser)- porque interrelaciona seres. Promueve desde temprana edad interacciones que devienen consenso entre aprendiz y facilitador, sin perder de vista la centralidad del estudiante. Y esto, sin duda, es fundamental para la construcción y dinamización de comunidades de aprendizaje (concretas o virtuales). Estoy de acuerdo, que el estudiante sea protagonista de su formación desde edad temprana es deseable pero, ¿el caso reportado es universalizable?

Pido perdón por permitirme aquí una digresión que rompe con la secuencia de ideas pero, hace unos días, en una charla informal, Antonio Rial Sánchez comentaba que los modelos educativos actuales “han hecho a los niños más niños”. Y así parece. Va la anécdota: en pleno siglo XXI una ofendida madre de familia reclama e insulta a una profesora  –a grito pelado- porque la calificación de su hijo le parece injusta. El hijo en cuestión tiene (en ese momento) 20 años y es estudiante de licenciatura en una universidad de provincia.

Retomo el argumento. Llevamos años hablando de que la educación debe estar centrada en el estudiante, en su aprendizaje. Está claro, además, que desde pequeños pueden tomar decisiones formativas que les afectan. Y precisamente por eso es lamentable que a los seres humanos no se les deje crecer, asumir el protagonismo de su formación, elegir contenidos, proponer tareas, correr riesgos y asumir responsabilidades. Algo estamos dejando de hacer como sociedad (ciudadanos de a pie y gobierno) que ha instalado a los estudiantes en la comodidad, el conformismo y la búsqueda de la mayor calificación con el menor esfuerzo.

Pensemos por un momento que la indiferencia deriva en un hipotético sistema educativo donde todos los alumnos pasan de grado por ley, quieran o no quieran, trabajen o no trabajen, sepan o no sepan… imaginemos en ese mismo escenario hipotético que los supervisores sólo se preocupan por el temario y que no haya reprobados… supongamos que lo único importante en la educación (como en la economía) son los macroindicadores… No sería extraño que en ese mundo catastrófico (que Dios quiera nunca suceda) se pregone abiertamente que hay que titular a todos porque de la eficiencia terminal depende el presupuesto… o se haga hasta lo imposible para que los incidentes violentos que ocurren en a diario la escuela no salgan en la prensa.

Sacar a la infancia y la juventud de la zona de confort en la que se encuentran, muchas veces ligada al ocio y la apatía, es un reto que no corresponde sólo a los docentes. Todavía es posible hacer algo y como sociedad nos conviene entenderlo pronto.

Evaluar para mejorar

En los últimos años, la evaluación se ha deslindado –al menos teóricamente- de la medición, la calificación y la acreditación, resaltando su función de diagnóstico, pronóstico y orientación. Más aún, se ha insistido en su contribución a la mejora, al desarrollo y perfeccionamiento de los procesos y la satisfacción del usuario, relegando al silencio los efectos punitivos que algún día tuvo y todavía atemorizan a más de uno. Como dijera Hugo Cerda Gutiérrez, “la evaluación ya no sanciona, prescribe, discrimina o amenaza, sino al contrario, es un mecanismo de orientación y formación”. Nos tocó vivir, afortunadamente, los tiempos en los que la evaluación es proclamada, en general, como un factor indispensable en los sistemas de gestión de calidad y, en particular, como una “herramienta para el mejoramiento de la calidad educativa”, según afirma Magalys Ruiz.

Existe acuerdo -palabras más, palabras menos- en que “la evaluación es un proceso sistemático, gradual y continuo que conlleva el análisis técnico de situaciones y la emisión de un juicio crítico de valor” (la cita es de Martín López-Calva). También se coincide en que hay una relación indisociable con el proceso formativo, ya que permite reconocer aspectos positivos, pero sobre todo posibilita durante el proceso formativo tomar decisiones informadas orientadas a realizar ajusten en la planeación, las técnicas de estudio, el clima escolar y las políticas institucionales, y, en consecuencia, al mejor logro educativo. La comprensión actual de la evaluación educativa –compleja e integradora- es resultado de un cúmulo de experiencias así como un recorrido teórico que la ha explicado a partir de distintos paradigmas y diversos modelos, desde el enfoque positivista centrado en la medición hasta la inclusión de proyectos complejos y evidencias de aprendizajes o desempeños que permiten tanto la retroalimentación oportuna como la reflexión sobre el propio aprendizaje y el desarrollo de la autonomía.

La evaluación educativa, según Lukas y Santiago, se realiza en al menos cuatro ámbitos e incluye a) la evaluación del alumnado con una visión integral, no limitada a los conocimientos, b) la evaluación de los centros para asegurar que se cuenta con los espacios y los recursos necesarios, c) la evaluación del profesorado cuya responsabilidad en la construcción y dinamización de comunidades de aprendizaje es indiscutible, y, desde luego, d) la evaluación del sistema educativo, sin la cual todas las bondades de la evaluación educativa se verían limitadas. En este último ámbito, es importante conocer “hasta qué punto el sistema educativo es coherente con las necesidades de la sociedad”, cómo funciona y cuáles son los resultados obtenidos…

La adopción, en México, de perfiles basados en competencias sigue siendo un reto para todos los implicados en los procesos educativos, que pasa por la comprensión de este enfoque. Un reto a todas luces ambicioso y complicado pues requiere además de la información una auténtica formación, no sólo de los profesores, sino de los responsables de la gestión que deben generar condiciones para el desarrollo de actividades interdisciplinares cada vez más exigentes, de los aprendices que deben asumirse como protagonistas de la acción educativa, de la sociedad que debe aceptar junto con los cambios científicos y tecnológicos formas nuevas y diversas de desarrollo humano… No hace falta decirlo, para que un modelo educativo funcione hay que invertirle inteligencia, sumar voluntades y contar con los recursos indispensables.

Enfocar el aprendizaje por competencias exige ir más allá de las pruebas convencionales orientadas a la evaluación de la teoría y la práctica, para adoptar formas de evaluación, no necesariamente nuevas, que permitan al aprendiz mostrar su desempeño en escenarios controlados y situaciones reales. En el proceso se pueden adoptar las ya probadas metodologías del portafolio, los simuladores y las pruebas situacionales combinadas con instrumentos de evaluación como las rúbricas (de preferencia analíticas) y las guías de observación…

La literatura y los cursos de formación están abonando, junto con las evaluaciones al desempeño docente, a una nueva cultura de la evaluación, pero aún falta un trayecto largo por recorrer. Hay ámbitos que no han sido evaluados teniendo en cuenta su aporte a la formación de los estudiantes e, incluso en los más trabajados, quedan tareas pendientes. Sólo por dar un ejemplo: si bien es cierto que al desarrollar una competencia se dinamizan e integran conocimientos, habilidades y actitudes para la solución de un problema o el logro de un propósito y por tanto, una vez lograda la competencia se pueden evaluar por separado los componentes, seguir calificándolos “desagregados” semeja más una evaluación atomizada que la pretendida evaluación auténtica.

La buena noticia es que estamos avanzando rápido, la mala es que nos falta harto.

Nota: Este texto fue publicado originalmente en el diario electrónico 24 Horas el 23 de febrero de 2016.

Serpientes y escaleras

Y sucede que de pronto uno se encuentra jugando Serpientes y escaleras a mitad del aula con otros compañeros-profesores durante un reunión de capacitación previa al inicio de un diplomado. Las ideas son caprichosas, van y vienen de un lado para otro, suben y bajan como fichas de colores en el tablero que tenemos en frente o como las gatas en celo por los tejados a mitad de la noche (no hay forma de exigirles que hagan lo que en lo más íntimo del corazón uno quiere). ¡Que la inteligencia del lector salve este texto!… Habiendo tanta teoría, necesitando comprender los propósitos y las estrategias para lograrlos durante el tiempo que durará el diplomado, pudiendo discutir políticas de calidad y otros aspectos neurálgicos -me digo en silencio, ya se sabe que lo mejor es dejar los juicios reboten un rato dentro del cráneo, en lo que maduran-, habiendo tanto que analizar para sintetizarlo luego y, sin embargo, alguien agita los dados y tira… ¿No sería más productivo ir directo al grano? ¿Entrarle a la estructura del diplomado con un enfoque estratégico?, insisto. ¡Seis!, marca el dado. Y ahí va la ficha… uno (alargando la pronunciación hasta donde se puede), dos, tres, cuatro, cinco y seis. Sí, como si fuéramos chamacos. ¿No sería más práctico sumarle seis al número en el que estaba la ficha?, digamos por decir algo: 3 + 6 = 9. Ok. La ficha llegó hasta donde el dado dio. Pero este juego está modificado, no es el mismo que jugaba con mis primos en casa de mi abuela y cuya descripción detallada con todo y fotografías se encuentra en Wikipedia. O sea que se parece a las serpientes y escaleras pero no es lo mismo: quizá debiera llamarse al juego de otro modo. Dependiendo del color de la casilla uno debe tomar una tarjeta que contienen máximas para ascender, conductas que hacen caer, experiencias para compartir y frases célebres sobre la educación. Olvidaba decirlo, el diplomado versa sobre competencias docentes.

Después de jugar, nos indican que debemos redactar un ensayo sobre cómo podemos incorporar esta actividad en nuestra práctica docente. Se me ocurre de inmediato incluirla en la tercera unidad, “El hombre como ser cultural”, de la asignatura de Filosofía, correspondiente al sexto semestre del plan de estudios del bachillerato general, y específicamente para abordar el tema de “El hombre como ser político”. Claro, habrá que adecuar aún más el material, empezando por el nombre. Se llamará –y esto no es negociable- Grillas y amarres. Así, cuando el participante tire los dados y caiga en una casilla marcada con una puerta de la que cuelga un cartel que dice “Dirección” o algo parecido, el jugador subirá rápidamente por una cuerda que representa los amarres, en cambio, si le toca “grilla” perderá todo lo logrado en un instante. Los que ni fu ni fa, avanzarán lentamente, punto por punto, casilla por casilla… Asimismo habrá una serie de tarjetas correspondientes a los colores de las casillas: las tarjetas del color de los amarres tendrán frases de La Política de Aristóteles, mientras que las de la grilla serán de Maquiavelo. Otro color será el de los ideales con frases de La República de Platón, un color más para las amargas experiencias donde los estudiantes deberán compartir un caso de abuso de autoridad y, por supuesto, no pueden faltar las preguntas abiertas del tipo ¿qué necesita una secretaria para mejorar de puesto? El juego lo ganará invariablemente aquel o aquella a quien designe el profe. Desde luego, la actividad formativa no estaría completa sin un ejercicio de metacognición, por lo que los estudiantes deberán hacer un ensayo y subirlo a la plataforma.

Como se ha visto (y no hace falta decir que ésta es la conclusión), los aprendizajes significativos (que tienen significados en un determinado contexto) puedes ser resultado de actividades lúdicas. Es importante reconocer que los estímulos pueden provocar asociaciones diversas (cosa que unos amigos argentinos llaman hiperaprendizaje por analogía del hipertexto). El rol del facilitador es importante y la precisión fundamental ya que si no se advierte que el ensayo debe ser académico, el participante pude intentar un ensayo literario o un divertimento como este. De más está decir que un ensayo no es cualquier cosa, pues como dijera Liliana Weinberg: “es más fácil escribir una tesis que un ensayo” (una tesis la escribe un investigador; el ensayo, un experto). Y por otro lado, Gabriel Zaid sostiene que el ensayo más breve es aforismo, así que ahí va mi ensayo: “hay que jugar como los niños: en serio”.

Docencia on line

Ser docente en línea es como ser un community manager, sólo que con fines formativos. La docencia en línea es una experiencia que pasa muchas veces por la organización de contenidos, el diseño de entornos virtuales, la construcción y dinamización de comunidades educativas. Ser docente en línea es estar ahí, virtualmente. Y para que esa presencia virtual sea efectiva y eficiente, para dejar huella, la experiencia me dice que no debemos perder de vista algunos detalles:

  1. Internet no sólo es una interconexión de computadoras, los usuarios somos personas y somos parte de la red.
  2. Somos Pro-sumidores.
  3. No te conformes con reciclar contenidos: crea.
  4. Mereces lo que vales (y es posible mostrarlo en la red).
  5. En la red, los usuarios eligen.
  6. Cada quien decide si quiere tener amigos, contactos, fans, clientes, simples conocidos. Estudiares o colaboradores.
  7. Encuentra tu voz.
  8. Define tu estilo.
  9. Los usuarios somos los responsables de la calidad de los contenidos.
  10. Seguramente conoces algún caso de éxito en la red.
  11. Aprende de los grandes.
  12. Si observas bien, descubrirás el truco.
  13. Genera tu propio ecosistema.
  14. A todos nos gusta sentirnos bien.
  15. El humor siempre es útil.
  16. Descubre tu talento, cultiva la pasión.
  17. Busca a tus pares.
  18. Date a conocer.
  19. Ten paciencia, Roma no se hizo en un día.
  20. Cuida las relaciones con los otros usuarios.
  21. Reconoce, gratifica, recomienda.
  22. Tener una comunidad implica reconocerse como líder social.
  23. Autoevalúa tu perfil. ¿Eres del tipo qué bonita familia? ¿Político? ¿Cotilla? ¿Saturador? ¿Dramático? ¿Divino? ¿Divagante? ¿Revelador apasionado? ¿Sargástico? ¿Equilibrado?
  24. Construye tu narrativa.
  25. Evita aquello que no te gusta.